Ciento ochenta grados – Parte IV

primer beso

  – Lu, sabes que serías incapaz de hacerle daño a una mosca… – justo en ese momento un hombre entró en el cuarto de baño. Parecía ser mayor, quizá de unos treinta, aunque muy bien llevados.

Le acarició la cara y sus penetrantes ojos le desnudaron el alma. Vestía un chandal de lo más elegante (no precisamente de decathlon) y sus zapatillas de deporte eran de una marca muy conocida. Toda su vestimenta combinaba el gris junto al negro casi a la perfección.

¡¡Aparta!! Deja que me vista al menos – exclamó Lucía nerviosa y excitada a la vez.
Está bien, está bien, se nota que no te alegras de verme – dijo el hombre en una sonrisa frustrada en la que intentaba esconder todo atisbo de decepción. Se apartó y salió del baño justo detrás de ella.
– Es que no sé que haces aquí, no es que no me alegre de verte pero, tío… córtate, está mi madre… – halegó una Lucía cada vez más desesperada, atropellando las palabras tan rápido como salían de su boca. Pero él, raudo y veloz, la interrumpió atrapándola entre sus brazos, de frente y con sus ojos a la altura de su frente.

Cerró los ojos para comprobar que olía tal y cómo la recordaba: a fresa. Inspiró su olor: el de su cabello aún mojado y el de su hombro derecho. Una vez se vió presa de su cuerpo, cerró los ojos y se limitó a sentir cómo su ritual de seducción la extasiaba.

Llegó a su hombro y lo besó como se besa por primera vez: con los sentimientos encontrados en una mezcla entre deseo, pasión y el amor más puro y virgen. Pero, para su sorpresa, ella se encogió y esbozó un sollozo ahogado. Él no pudo evitar suspirar de alivio y abrió los ojos en un estado de puro éxtasis.

No te recordaba tan débil, cariño. – Su tono se ensombreció y, mirándola directamente a los ojos, la sostuvo por la barbilla – Lucía, cariño, no temas. Estuve en todo momento a tu lado y lo seguiré estando, aunque tenga que usar la escalera de emergencia y colarme por tu ventana.
Estás loco, siempre lo he sabido – respondió Lucía en un tono relajado, como si no hubiese escuchado todo lo que acababa de decirle. Él se rió con una carcajada casi muda, pues recordaba que no estaban solos.
Mi amor, haría cualquier cosa por ti. Lo supe desde ese día en que me colé en tu casa porque no me abrías la puerta y te vi… tirada en el suelo, desangrándote ante mis ojos. Necesitabas mi ayuda, solo me tenías a mi y no pude sentir nada que no fuera dolor… creo que mi corazón se rompió en ese preciso instante, me di cuenta de lo importante que habías sido para mi: nuestras charlas sobre el capullo de Leo, tu amiguita la tarada… – las lágrimas se le escaparon de los ojos casi sin poder evitarlo – lo siento Lu, lo menos que quería era recordarte nada. Ya has tenido bastante con todo lo que has pasado – se disculpó él.
Si hubiera podido elegir quién me hubiera gustado que me salvara, te hubiera evitado el trauma – dijo ella abatida, chocando su frente contra el torso de él.
No digas eso, estaba ahí contigo y pude hacer algo por ti. Solo me tenías a mi, tenía que ayudarte. Me alegro de haber sido tan cabezota y persistente. – Dijo él, asegurándose de que ella le escuchaba y se detenía en cada palabra que le salía directa del corazón.
Estoy loca, Hugo – halegó.
Me conformaría con que estuvieras loca por mi – dijo él haciendo una mueca con la boca, poniendo morritos y girando los ojos tan rápido como podía.

En ese momento Lucía rompió el silencio con una carcajada. Pero, para evitar el ruido y que mamá se enterara, él la besó. Casto, veloz, tierno, amable, gentil, respetuoso, pleno, cariñoso… así fue el beso que les unió durante unos instantes, casi eternos, hasta que…

¡¡ LU, ¿VA TODO BIEN?!! – bramó mamá desde la cocina.
jm jm jm… to… ¡¡TODO VA BIEN, MAMÁ!! – dijo Lucía con la voz entrecortada por acabar de salir de un beso que le acababa de hacer renacer.
¡¡LA CENA YA CASI ESTÁ!! – volvió a exclamar mamá, pero esta vez no obtuvo respuesta.

De nuevo en la habitación…

Ve… vete, vete, vete ya… – susurró ella en un tono exaltado.
Ei ei ei… tranquila, mi amor, ambos sabemos que no me verá. – Le respondió.

Pero ella, en un ademán de no hacerle caso, colocó una mano sobre su torso y lo empujó hasta la ventana. Lo que no sabía era que Hugo ya tenía su mano preparada para acariciarla y listo para mirarla a los ojos de nuevo y decirle:
Da gracias a que me he comportado y no me he aprovechado. Tenerte tan cerca y con tan poca ropa ha sido todo un reto, tu culo me estaba llamando a gritos, te hubiera… – susurró mirándola directamente a los ojos en un tono ahogado en deseo y seductor a partes iguales. Pero ella lo interrumpió.
Ya quisieras, viejales – inquirió ella, en un tono de lo más despectivo – LARGO. – Le dijo señalando la ventana con el dedo índice de su mano derecha.
Está bien, está bien… – dijo levantando las manos en signo de rendición – pero desde que salga por esa ventana te morirás de ganas porque vuelva a entrar, lo presiento – concluyó sin ganas de marcharse aún. – … y ya no estaré – finalizó de nuevo, acercándose a su oído.

 

Lo cierto es que Hugo había logrado devolverle las ganas de vivir y la había ayudado a darse cuenta de que, aún en su interior, existía una intrépida Lucía dispuesta a vivir mil y una aventuras. Pero, ¿con él?

Continuará…

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2 comentarios en “Ciento ochenta grados – Parte IV

  1. kike dijo:

    Más elementos por descubrir aunque algunos muestran indicios de lo que ocurrió. Y como no, más preguntas….
    Sigo enganchado. … felicidades y ansioso por seguir descubriendo… un saludo

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    • maricriole dijo:

      Exactamente Kike, se van resolviendo dudas que es lo importante. La historia va cogiendo ritmo y los puntos importantes, como son el posible amor, ya van apareciendo.
      Disfruta de las siguientes entregas como hasta ahora o mejor. Muchos besos y gracias por tu comentario fiel cada semana.

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