De principio a fin – Parte VI

Bañera

– A mi me pones lo mismo que a ella – le dijo a la camarera mientras me miraba con los ojos ardientes y su respectiva sonrisa que siempre le acompañaba – me fiaré de ti – añadió en un susurro antes de dirigirle la mirada a la camarera y proseguir – y un café solo, si es tan amable.
– Muy bien, muchas gracias – respondió la señora que me atendía siempre cuando acudía a desayunar los domingos o algún día que me pegaba alguna escapada.

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De principio a fin – Parte V

Bañera

Una vez en la puerta de casa, tras el paseo hasta ella, me he dispuesto a despedirme con un casto beso en su mejilla cuando me ha llevado hasta su cuerpo colocando su mano en mi cadera. Ya a dos centímetros de mi boca me ha dicho:

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De principio a fin – Parte IV

Bañera

En ese preciso instante, un trozo de comida se me atravesó en la garganta y me puse tan roja que Diego se asustó.

– ¡Sara, Sara, ¿estás bien?! – exclamó alarmado tras abalanzarse sobre mi para ayudarme, realizándome la maniobra de Heimlich.

Creo que lo más desagradable de la cena. No he pasado más vergüenza en toda mi vida, sobre todo después de escuchar cómo el restaurante al completo le aplaudía y el color me volvía a las mejillas, tras pasar del rojo de Heidi al pálido de Casper. Él hizo caso omiso, se agachó para comprobar que estaba mejor, me acarició la barbilla y me dijo:

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De principio a fin – Parte III

Bañera

– Sara, ¿eres tú? – preguntó el interlocutor por el teléfono.
– Diego… sí, soy yo. Dime – respondí, algo apresurada por estar en las labores típicas antes de salir de casa ante semejante acontecimiento: había quedado con alguien después de año y medio.
Ya estoy llegando, ¿tú estás lista? – volvió a preguntar mientras conducía, aunque eso no le impedía comprobar mis nervios, lo que le hacía sonreír.
– De acuerdo… – mencioné preocupada – pero solo son las ocho menos cuarto, habíamos quedado a las en punto, así que aún no estoy lista.

Él soltó una carcajada al otro lado del teléfono al notar su estrés y escuchar cómo se le caía algo al suelo.

– Lo sé, lo sé – respondió intentando contener la risa – se me hizo temprano pero descuida, te espero abajo. ¡No tardes! – y colgó.

– No tardes, no tardes… ¡joder, pues no llegues antes! Que encima que estoy nerviosa, ahora encima a meterme prisa… Ya una no se puede ni maquillar tranquila – bramé para mi misma.
Lo cierto es que odio las prisas y llegar tarde, no es algo que fuera conmigo eso de hacer esperar a la gente, pero si se adelantaban quince minutos antes, tendrían que acogerse al primer mandamiento de la cita: el hombre siempre espera por la mujer, que sepan lo que valemos.

Al salir a la calle, fui en dirección hacia el coche y, para mi sorpresa, él estaba fuera apoyado sobre la ventana del copiloto. Vestía con una americana azul marino y un pantalón de pinzas, muy apropiado para mi vestido negro que iba acompañado de unos tacones sencillos a la par de elegantes. Una vez me vio, se puso en pie y caminó hacia mi.

Buenas noches – me dijo mirándome directamente a los ojos regalándome una sonrisa.
– Buenas – respondí sonriente y con las rodillas temblorosas.
– Muy guapa – mencionó sin apartar la vista de mis ojos.
– Qué alagador y sonriente – respondí dirigiéndole una mirada cómplice
Los dos nos dirigimos al coche, él me abrió la puerta, esperó a que entrara y la cerró para ir hasta su puerta.

Una vez ya en el coche, no pude aguantar más y solté lo que me había estado rondando la cabeza desde hacía unos minutos.
¿Eres así con todas? – pregunté
– ¿A qué te refieres? – interrogó extrañado
– Ya lo sabes, a eso de abrir la puerta y cerrarla sin que la mujer te lo pida – le respondí mirándole de reojo mientras ladeaba una sonrisa
– De hecho, solo con las que me prestan su móvil justo después de estallar el mío contra el suelo – certificó con una sonrisa enorme en la boca

Una vez en el restaurante, comenzamos a charlar sobre lo que había sucedido el día en el que nos conocimos, tan solo una semana atrás.

– Lo cierto es que mi pareja me estaba dejando definitivamente en ese momento y… – alegó cuando le interrumpí.
– No tienes por qué contarme todo esto si no quieres – certifiqué parando de comer en el momento – en realidad yo solo he salido esta noche porque no tenía con quien salir y así me invitabas a cenar – objeté antes que él continuara con su historia, pues no quería hacerle sentir incómodo ni estropear la noche.
– Gracias por cortarme. Tienes razón, debería ser más sincero contigo. En realidad no quiero hablar de ella, sino de ti – declaró clavándome la mirada en un segundo.

 

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De principio a fin – Parte II

Bañera
– ¡¡Mi amor para ti es solo un juego y yo ya no puedo elegir, no puedo cambiar lo que siento por ti…!! – gritaba angustiado un joven, estaba hablando por teléfono en mitad de la calle con rostro compungido y lágrimas en los ojos – te quería, joder, ¡¡te quería!! – dijo justo antes de colgar.

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De principio a fin

 

Me veo obligada a pedirte que me ames

Bañera

Mientras el suave roce del agua contra mi piel
me alinea todas las heridas,
mientras el vapor que desprendo
se mezcla con el del cuarto de baño,
mientras cierro los ojos
y respiro el aroma de la calma
acompañado por el susurro de la banda sonora más perfecta,
recorres mi mente.

El sonido de las gotas de agua jugando entre mis dedos y la total superficie de mi piel desnuda,
el leve y recóndito murmullo de mi doble corazón calmado acompañado por mis sentidos a flor de piel, obviando la vista.

Sonando de fondo Gravity de Jamie Woon, como si el tiempo pudiese detenerse con solo un suspiro que mi cuerpo esboza regalándoselo al aire.

En ese momento me siento vulnerable, siento que puedo compartir cualquier pensamiento con cualquier persona que se acercase a mi y que todo sería sencillo, alegre y permanecería así por el resto del tiempo, como si no costase nada en absoluto.

Entonces siento que la puerta del baño se abre, dejando entrar un poco de aire más frío que el de la estancia en la que me encuentro pero, aún así, no abro los ojos y me dejo llevar por el momento, quiero permanecer intrigada. Escucho un murmullo que me ayuda a darme cuenta que alguien sonríe al contemplarme, seguido de un pequeño estallido de la madera que hace intuir que alguien ha subido el escalón hasta mi bañera y se dispone a meterse en la bañera conmigo. Mientras yo permanezco inmóvil, como dormida, simulando que me encuentro en un séptimo sueño del que no quiero despertar, aunque no sea realmente lo que quiera.
De pronto abro los ojos y le contemplo observándome sonriente, gesto que se me contagia. Está sentado en el borde contrario de la bañera, medio desnudo y con una pierna en el suelo mientras la otra se encuentra en el aire.

– ¿No pensabas entrar? – pregunto.
– ¿No pensabas abrir los ojos? – responde con una pregunta en tono pícaro.
– Quizá no quería darte ese placer, ya ves… Estoy bastante cómoda aquí – objeto con una sonrisa ladeada y despreocupada.
… sin mi – protesta.
– Sin ti, ya que no quieres unirte – me limito a responder con los ojos ya cerrados y la cabeza apoyada sobre el borde contrario a él.

Es justo en ese momento cuando se incorpora, se desprende del resto de ropa que le sobra, a mi juicio y camina hasta mi.

– ¿Me permites? – me pregunta, haciendo ademán de entrar para colocarse justo detrás de mi.
– Cómo no – respondo y me ruedo hacia delante, facilitándole así el espacio necesario para que se siente a mi espalda y me rodee con sus largas y ágiles piernas.
Entra y el agua de la bañera se reboza un poco, dejando caer también un poco de espuma al suelo, que acoge la madera y traspasa el suelo para ir al sumidero que se encuentra justo debajo.
– Así mucho mejor – me susurra mientras yo cierro los ojos y me limito a aspirar el aire que ya está contagiado de su perfume – necesitaba esto.
– Dudo que más que yo… – argumento casi sin pensar cuando el agua está volviendo a su cauce, después de su entrada en la bañera.

Mientras él permanece en silencio, colocando sus manos sobre mis hombros y acariciándolos en círculos, yo coloco mi cabeza sobre uno de sus hombros y me recuesto sobre su pecho, levanto la barbilla y le doy un casto beso bajo ella. Es entonces cuando me coloca una mano en el vientre y lo masajea suavemente con sus dedos.

– Dentro de poco mi mano me va a parecer pequeña – esboza en tono simpático, sonriendo.
– Es ley de vida, cariño – le respondo suspirando mientras sonrío y disfruto de la música que nos acoge como de su mano cálida y protectora.

No podría estar en un lugar mejor en este momento, aunque quizá me gustaría recordar cómo te conocí a ti, así se me haría más llevadera esta espera…