De principio a fin – Parte IV

Bañera

En ese preciso instante, un trozo de comida se me atravesó en la garganta y me puse tan roja que Diego se asustó.

– ¡Sara, Sara, ¿estás bien?! – exclamó alarmado tras abalanzarse sobre mi para ayudarme, realizándome la maniobra de Heimlich.

Creo que lo más desagradable de la cena. No he pasado más vergüenza en toda mi vida, sobre todo después de escuchar cómo el restaurante al completo le aplaudía y el color me volvía a las mejillas, tras pasar del rojo de Heidi al pálido de Casper. Él hizo caso omiso, se agachó para comprobar que estaba mejor, me acarició la barbilla y me dijo:

– ¿Mejor, señorita? – mencionó clavando su mirada en la mía nuevamente – menudo susto me has pegado.
– Si… ejem – respondí tras recobrar el aliento y beber un sorbo de la copa de vino – muchas gracias, aunque haya sido culpa tuya – mencioné al mismo tiempo que observaba cómo me sonreía aliviado y volvía a su sitio.
– ¿Ah sí? – curioseó sonriente bordeando la mesa hasta sentarse en su silla.
– Lo cierto es que sí… ejem – cercioré – deberías dejar de mirarme así, al menos mientras estoy comiendo.
– Siento ponerte tan nerviosa, desconocía que causara ese efecto en ti – atestiguó con una sonrisa burlona.
– Pide la cuenta, Diego, por favor – enuncié.
– ¿Por qué? ¿Pasa algo? – interrogó preocupado y su semblante le cambió al instante.
– No, nada… – respondí con la cabeza gacha.
– Sara… me lo puedes contar, ¿estás bien? – dijo acercando su mano hasta la mía y acogiéndola como si de un ave malherida se tratase.
– Me gustaría coger aire, es todo – cercioré levantando la cabeza y mirándole a los ojos, intentando evitar los nervios que me producía que me tocase con esa delicadeza.

Tras unos minutos, ya estábamos fuera del restaurante, él con su americana y yo con una cazadora negra. Ambos paseábamos cercanos al Puente de La Salve con vistas al Nervión. La noche estaba fría al igual que yo, que no había pronunciado palabra desde que acabó la cena. Diego se detuvo a mitad del puente y me tendió la mano, mirándome cortés, mi respuesta fue inmediata.

– ¿Qué sucede? – interrogué.
– Ven un segundo, me gustaría enseñarte algo.

Tras unos segundos de vacilación, accedí y le di mi mano, la cual dirigió hasta el borde del puente y, con ella, mi cuerpo. Se colocó detrás mía y, en ese momento, pude sentir el suyo al completo, que me hacía prisionera de pecho para abajo. En un segundo pude oler su perfume y cerrar mis ojos de manera inconsciente hasta que escuché cómo cogía aire para hablar.

– Las vistas de este lugar son preciosas, quería que observaras la maravilla de este espectáculo – decía casi en un susurro, contemplando la estampa – siempre me ha gustado observar las luces del museo de noche, es aún más bonito que por el día y no puede faltar el Puente de La Salve que le une con el maravilloso Nervión.

Realmente parecía extasiado por el momento que estaba viviendo, como si tuviese los ojos nuevos y cargados de ilusión por contemplar lo que estaba observando en ese precioso instante.

– Claro que – prosiguió acercándose a mi oído – después está la compañía.

Justo entonces me giré para observarle de frente.

– ¿Entonces aquí venías con ella? – pregunté cortando el momento.
– No, aquí vengo contigo – respondió serio pero sincero.
– Innovando desde el conocimiento… qué curioso – enuncié.
– Que conozca este sitio, no quiere decir que viniese con ella. En realidad lo veía desde el otro lado del río, al pie del museo – dijo señalando con un dedo hacia el lugar al que se refería, aunque ni siquiera hice el esfuerzo por enfocar hacia el lugar.
– Es fascinante la pasión con la que hablas, ¿lo sabías? – pregunté ya más relajada.
– Hablo con pasión cuando me gusta algo realmente – anunció presionando más su cuerpo contra el mío, en el que se podía notar su creciente alegría de verme – o alguien.
– Tienes suerte de que a mi no se me note cómo a ti – dije en una sonrisa de lo más latente.
– De eso ya me encargo yo, tú sigue sonriendo para mi. Eres preciosa.

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