De principio a fin – Parte V

Bañera

Una vez en la puerta de casa, tras el paseo hasta ella, me he dispuesto a despedirme con un casto beso en su mejilla cuando me ha llevado hasta su cuerpo colocando su mano en mi cadera. Ya a dos centímetros de mi boca me ha dicho:

– Me ha encantado la noche.
– A mi también. Muchas gracias por las vistas – he añadido sonriendo
– Las vistas… ¿y yo? – preguntó sorprendido
– Supongo que tú ya venías en el paquete, irremediablemente – respondí y me mantuve seria hasta el final de la frase, a lo que él respondió con una leve sonrisa acercándose más hacia mi… oído.
– Shhhhh – añadió
– Buenas noches – le respondí apartándome y despidiéndome con una sonrisa antes de entrar.

Su cara ha transmitido lo que estaba deseando, pero yo también sé lo que tendrá por el momento. Para empezar no ha estado tan mal, quitando mi momento estrella en el restaurante. Me ha calmado que se despidiese respondiéndome con una sonrisa y esperando a que entrase con las manos en sus bolsillos, paciente y atento a mi.

No es un galán, lo sé, tampoco es extremadamente guapo ni mucho menos un jovencito con ganas de guerra, pero me encanta su manera de acercarse a mi, de sonreírme y de hablar como si no existiese nada más que la pasión que lo lleva a describir lo que más le entusiasma. Quizá por eso me entren tantas ganas de estar con él, por lo fácil que resulta todo cuando estoy a su lado. Pero no voy a volverme loca, que mañana será otro día y ya bastantes cabronazos me han tocado el corazón… y la vida. El sonido del interruptor hace de <<gong>> final hasta la mañana siguiente.

9:30 horas y el típico tintineo me martillea el oído. Me giro para apagar el despertador y, tras unos segundos asimilando la hora que es y que tengo que levantarme de la cama, me dispongo a ir hasta el baño aún con los ojos cerrados, intentando abrirlos poco a poco para no tropezar. Me doy una buena y reparadora ducha que me despierta casi al completo (aunque soy más de baños). Me visto y salgo a la calle a comprar algo suculento para desayunar cuando me suena el teléfono.
Es mi hermano recordándome la cena de esta noche en casa de mamá en la que celebraremos el cumpleaños de mi abuelo. Llevamos unos años haciéndolo en su honor, aunque ya no esté es un día de bastante alegría para nosotros, ya que hacemos su plato preferido y nos reunimos en la mesa como a él le gustaba, contando chistes y riéndonos de los buenos momentos que la vida nos regala. Le respondo un flamante <<sí>> que me alegra el día. Justo en ese momento salgo de la dulcería colgando el teléfono y choco sin querer contra alguien.

– ¡Oh, disculpe! – he exclamado recogiendo el periódico que se le ha caído al suelo y me he dado cuenta que el señor me recogía el dulce del suelo, hecho añicos.
– Buenos días para ti también – ha respondido en una sonrisa.
– ¡Diego! – he añadido perpleja.
– Me temo que tendré que invitarte a desayunar… – ha mencionado levantado mi dulce con las dos manos o, más bien, lo que quedaba de él.
– No te preocupes, era un simple antojo matutino – respondí quitándole hierro al asunto, intentando disimular mi nerviosismo, tanto por la situación cómo por volver a verle.
– Pues los antojos deben satisfacerse, Sara – dijo ladeando una sonrisa y mirándome con una picardía cada vez más propia de él.
– Quizá tengas razón. Todos deberían satisfacerse, incluidos los más dulces – añadí sonriendo como si de una niña buena se tratase.
– Nos vamos entendiendo. Que comience el atracón de calorías. Tú primero – enunció con una sonrisa y adelantando la mano hacia la vitrina.

 

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