Ciento ochenta grados – Parte VIII

Lucía y Hugo

La habitación del hotel rural más cercano era acogedora y bonita. Tanto la cama como el ropero y las mesillas de noche eran de una madera casi centenaria, aunque aparentaban estar en buen estado (dentro de lo que cabía). El baño era lo más básico: inodoro, lavamanos, espejo del tamaño de un reloj de muñeca y bañera estilo ochentero. La lámpara de pie que se encontraba al lado de la puerta daba una luz amarilla a la habitación de lo más… (¿cómo decirlo?… ¿antiromántico ?).

Bueno… no es un AC pero parece valer… – juzgó Hugo en voz alta mientras asomaba la cabeza por la puerta del baño.
Ya se podían haber esmerado un poco más en la decoración, las cortinas son de cuadros verdes y rojos… ¡dan miedo! – sentenció Lucía con cara de asco y se echó a reír de inmediato por su crudeza.
Estoy seguro de que la compañía me hará olvidar esas cortinas – le respondió fulminándola con la mirada, sonriéndole y sujetándola a la altura de su cintura.

En ese momento la atrajo hasta su pecho para acercarse a su oído.

No me importa dónde siempre y cuando sea contigo – le susurró.

Su vello de todo el cuerpo se puso de acuerdo, casi al unísono, y se erizó al completo. Sus ojos se cerraron y se limitó a inhalar su aroma, percibir su calor y deshacerse en pensamientos que la atraían hacia él constantemente. Él se dio cuenta enseguida y se agachó delante de ella flexionando sus rodillas, cogió sus piernas sosteniéndolas una a cada lado de sus caderas y la subió sobre su cuerpo. Cuando Lucía abrió los ojos ya se encontraba a más de un metro del suelo.

¿Qué… ¡qué haces!? – preguntó alarmada por la sorpresa, abriendo los ojos veinte palmos y agarrándose fuertemente a los hombros de su acompañante.
– Quería besarte mirándote a los ojos, quiero que estés siempre a mi altura. Que tengas que levantar la cabeza para mirarme no es algo que me llene de orgullo, somos iguales. – Respondió serio. Sus palabras estaban desnudando la profunda devoción que sentía por ella.
Huugo… – lo miró con sorpresa y el corazón enternecido, lo abrazó y apretó sus piernas entrelazadas para que no se separasen ni un milímetro.
¿Te acuerdas de nuestra primera noche juntos, Lu? – le preguntó tras unos segundos. – Fue tan especial que aún se me llena el estómago de cosquillas – recordó con la mirada y comenzó a reírse como si recordase la sensación.
Lucía se despegó de él y se echó a reír poniendo sus manos sobre su propia boca.
– Cielos… ¡claro que me acuerdo! Por aquel entonces solo tenía 16 años y tú estabas empeñado en que te dejara entrar. 
Sí, decías que no me dejabas porque nunca habías dormido con otro chico y sería la primera vez – continuó relatando a carcajadas.
¡Normal! era una enana. Pero después de tanto insistir te dejé – dijo mirándole de reojo con una sonrisa cómplice en los labios – ¡pero sin tocarme o gritaba! – concluyó alzando su dedo índice.
Exacto, no te tocaría o se enteraría todo el vecindario. Chica lista – sentenció devolviéndole la mirada de reojo y la sonrisa cómplice.
Eeeeeeeeh… no te pases, desde siempre he sido una chica seria – expuso con tono serio evitando reírse.
Por supuesto, cariño. Pero ahora quiero sacar un poco de esa chica “menos seria” que llevas dentro – mencionó abriendo los ojos en señal de sorpresa para bromear aún más con ella.
¿Ah si?… – preguntó ella rodeando el cuello de él con sus brazos – ¿cómo harás eso? 
Pues precisamente haciéndote callar – concluyó en un tono sereno y la besó.

Sus labios estaban deseosos de reencontrarse con los de su amada Lucía, deseaba tanto poder besarla que le parecía hasta cruel tener que esperar más de cinco minutos para poder hacerlo. Sosteniéndola con sus manos para que permaneciera sobre sus caderas, se dirigió hacia la pared y la puso de espaldas a ella. Continuó besándola suavemente, de manera que sus lenguas bailaran al mismo ritmo y sus corazones se agitaran cada vez más y más. Sus cuerpos ya no se podían separar, querían unirse y formar uno solo. Ella se detuvo y sonrió, era un aspecto que la caracterizaba, le gustaba parar para coger aliento y poder saborear a la perfección los besos de su amante.

¿No crees que vas un poco rápido? – preguntó ella con una sonrisa en los labios.
Disculpa Lu… tengo muchas ganas de sentirte, quiero que me permitas sentir todo tu cuerpo… ¿puedo hacerlo? – declaró con miedo, puesto que no quería recibir una negativa como respuesta.
No… 
¿No? – repitió él abriendo los ojos y separándose de ella como si hubiera hecho algo horrible.
No… no pares – continuó ella con los ojos cerrados, invadida por el deseo y seducida por el contacto de sus cuerpos.

Él sonrió y continuó besándola hasta que se cansó de no poder tocarla y la depositó en el suelo. Una vez ahí la cogió por las piernas y la espalda y la llevó en volandas hasta la cama, obviamente sin parar de besarla. La dejó en la cama con la sutileza con la que se suelta un pez en una pecera y la observó un instante, ella recostada sobre la cama de aquella habitación y él de rodillas sobre el colchón.

¡Eres preciosa! – exclamó sonriendo.
Nos van a escuchar – susurró ella sonriendo con las manos en su boca – ven conmigo – le dijo haciéndole un hueco a su lado.
Sí, señora – le respondió colocando una mano contra su frente a modo de militar.
Cállese y béseme, soldado – ordenó en un tono serio intentando contener su sonrisa.
Sí, señora – volvió a repetir Hugo.

Esa noche se sumieron en el profundo deseo fruto del perfecto amor que sentían el uno por el otro.

Sólo el amor verdadero es el que es capaz de esperar el momento justo para mostrar de lo que es capaz. 

Continuará…

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2 thoughts on “Ciento ochenta grados – Parte VIII

  1. Bueno, un poquito de calma y ver que Hugo le desea y esta enamorado de Lucía… muy sensual. Un abrazo seguimos pendiente de como transcurrirá esta historia

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