Ciento ochenta grados – Parte VII

Mientras el tumulto de la gente la desorientaba, su cabeza viajaba superando el exceso de velocidad de una carretera comarcal.

¿“¡Nos las pagarás todas juntas!”?… ¿cómo le pude decir eso? – mencionó en voz alta mientras caminaba, no sin antes asegurarse que estaba sola en el tramo de calle que recorría. Su cara de sorpresa fue dando paso a una sonrisa miedosa, casi pálida. – Joder… como mamá se entere… – se regañó a sí misma, por eso agachó la cabeza y siguió caminando en silencio, pues tampoco quería que la tratasen por loca al ir por la calle hablando sola (aunque todos sepamos que muchos lo hacen, incluso cuando van solos en el coche).

Recorrió los últimos metros hasta llegar al portal de casa y se sobresaltó cuando alguien salía a la vez que ella entraba, se chocaron y ella pegó un grito:

¡¡Aaah!! – exclamó Lu.

Disculp… ¿Lucía? Cariño, lo siento. – Era Hugo con la cara completamente descompuesta que la sostuvo entre sus brazos impidiendo que se cayera – ¿Estás bien? Te… tengo prisa – anunció rápidamente, casi en una exhalación.

Si… si, ¿qué pasa? – logró articular ella, preocupada por la cara que éste había puesto.

Es mi hermana, ha tenido un accidente. Sé que… joder… – se pasó las manos por el pelo en un gesto de abatimiento, no sabía si debía pronunciar las palabras que estaba a punto de decir.

¿Qué sucede, Hugo? dime – formuló Lucía alzando la barbilla de él.

Hugo levantó la cabeza y los ojos le brillaban, estaba a punto de llorar.

Me gustaría que vinieras conmigo… aunque sé que no es lo adecuado para ti – se censuró a sí mismo pero Lucía no permitió que continuara.

Iré contigo – mencionó segura y mirándole directamente a los ojos.

¡¿Harías eso por mi?! – sus ojos se abrieron veinte palmos y su boca se entreabrió como si no creyera lo que estaba escuchando.

Vamos – le afirmó ella agarrándole su mano y saliendo ambos del portal.

Lu, no tienes porqué verla pero me gustaría que estuvieses conmigo. Mi padre me ha dicho por teléfono que es grave – mencionó en un tono melancólico y completamente dolorido – Iremos en mi coche. Deberías llamar a tu madre…

No tienes de qué preocuparte, estaré contigo. – Le respondió acariciándole su mejilla cubierta por la barba de tres días que tanto le gustaba – ahora mismo la llamaré – concluyó con una sonrisa dulce.

 

 

Vicente – enunció una voz firme y seria.

Ricardo – respondió alarmado.

Ambos se estrecharon la mano y se sentaron en la mesa del restaurante más íntimo de la zona, de ahí su nombre: “La cita”. Se acomodaron los trajes y descubrieron sus muñecas justo debajo de los puños de sus americanas.

¿Hiciste lo que te dije? – formuló.

Por supuesto, está todo arreglado. ¿Qué te dijo tu hija? – dijo en un tono de lo más serio y correcto, directamente al grano pues sabía que esa conversación no duraría mucho.

Eso no importa… estúpida mocosa – mencionó por lo bajo – quiero los papeles para mañana y Sandra no debe enterarse, máxima discreción – halegó serio con la mirada clavada en su abogado.

Que no te quepa duda. ¿Necesitas que haga algo más por ti? – preguntó de nuevo.

Necesito que busques a alguien de confianza por si surge cualquier problema, ya sabes… debemos ser prudentes – aseguró sosteniendo su copa de vino que lo esperaba en la mesa y una sonrisa se le dibujó en los labios.

La cara de su colega cambió por completo y continuó con su ritual, aún creyendo que no era una buena idea.

 

 

Pero Lu, ¿dónde estás? Me tienes preocupada, cariño. – Manifestó una voz que salía del teléfono.

Mamá, estamos en un pueblo del norte – enunció en voz baja para molestar lo menos posible – ya son las once y media de la noche y no haré conducir a Hugo estando tan cansado. No te preocupes que nos quedaremos por aquí y mañana me tendrás en casa, estoy bien y si necesito algo se lo pediré a alguna enfermera – declaró en un tono muy seguro pues no quería preocupar a mamá.

Bueno hija, pero avísame si pasa algo, por favor – respondió en un atisbo de alivio.

Descuida, mamá. Buenas noches – concluyó Lucía sonriéndole al aire y cerrando los ojos en signo de rendición y devoción por su madre.

Buenas noches, cariño. Un beso enorme – finalizó y colgó.

 Abrazo de amor

Lucía miró el móvil y colgó tan pronto como una mano le rozó el hombro. Ella giró la cabeza y vió que era él. Lo abrazó puesto que continuaba llorando.

Gracias por venir conmigo, mi amor. No sabes lo especial que eres – le aseguró él, aspirando por su nariz con las lágrimas atragantadas.

Deberías descansar, llevamos prácticamente toda la tarde y la noche aquí de un lado para otro, sin poder hacer nada – expresó ella preocupada, ahora estaba centrada en el problema.

Tienes razón, los médicos ya nos han mandado a casa como una docena de veces… ahora tenemos que estar frescos para mañana, está bien atendida – dijo separando su pecho del de ella y secándose las lágrimas de sus mejillas como si pesaran dos kilos cada una.

 

Su mirada estaba triste, tenue, apagada… No podía verle así, se negaba, se negaba por completo. Así que logró articular palabra por encima de sus pensamientos:

Podríamos mirar alguna pensión por aquí, la más cercana y pasamos la noche… juntos – finalizó, como si no hubiera quedado ya bastante claro el fin del día. Se ruborizó al instante.

Una noche como hoy no podría darte lo que te mereces, has tenido suerte. Chica lista. – Le mencionó con una mirada pícara y una sonrisa ladeada. – Vamos – le dijo agarrándola por la cintura de camino a la salida.

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2 thoughts on “Ciento ochenta grados – Parte VII

    1. Ya vamos conociendo un poco más al padre de Lucía, pero tendremos que esperar un poco más para saber de qué se trata. ¿Cómo ves la relación con Hugo, Kike?
      Un beso enorme.

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