Inexorablemente

Todo avanza irremediablemente hacia el mismo camino
y no sabes cuanto me tortura la idea.

El hecho es que no quiero gustarte,
no quiero atraer tu atención hasta mi
por el miedo que me genera el rechazo posterior,
ya que lo veo algo absolutamente inevitable.

Alguno de los dos se cansará antes de tiempo
y lo más probable es que seas tú quien lo haga,
por el hecho de no poder ser correspondido,
por no poder saltarme las reglas del mundo
y expresarte que también me muero
por estar tirada en una cama a tu lado,
aunque solo sea mirándote esos ojos
color bosque que te iluminan la cara.

Me aterra la idea de pensar que te puedo gustar,
porque eso significaría que estamos más cerca del final
de lo que realmente pueda parecer a simple vista.

Es contraproducente como a veces siento
que lo único que busco en ti,
la única reacción que me apetece,
es que sientas profunda devoción por mi.

Quizá en mi fuero más interno
sea lo que desea mi narcisismo,
pero choca frontalmente contra mi razón
y me invade una sensación de
amor
el verte.

Desconozco lo que me pasa contigo,
porque no siento la atracción brutal
que sí que he podido sentir en ocasiones anteriores,
pero hay algo que me atrapa de tu ser,
como si pudieras verme por dentro
y saber lo que me apetece en cada momento
para ser capaz de dármelo.

Quizá sea una manera de manipulación 3.0
y simplemente te estés amoldando a mi manera de ser,
sentir,
pensar
e incluso querer.

En qué poco tiempo
te has convertido en un imprescindible,
sin tener en cuenta que quiera hablarte
cada hora
de cada día,
me apetece incesantemente saber de ti
y recordar esa sonrisa que tienes al verme.

Aunque no seas el anhelo más absoluto hecho persona,
la conexión de tu alma con la mía
es algo innegable
que incluso pude llegar a sentir la segunda vez que nos vimos por casualidad.

No me preguntes cómo porque no lo sé,
pero algo se atravesó en mi interior
cuando me miraste con esos ojos brillantes
a través de la oscuridad
en la que intercambiamos no más de un par de frases y sonrisas.

En ese momento sentí que tenía que conocerte
y lancé un tiro al aire
por si llegaba a algún lado.
Lo que no sabía es que esa bala caería en terreno fértil
y germinaría como si se tratara de una semilla genéticamente perfecta
para soportar las inclemencias del tiempo.

Eres el claro ejemplo
que las historias felices y bonitas
existen.

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