2022

Aunque dentro de unos años ya no recuerde con exactitud lo que hemos pasado juntos durante estos meses, este panegírico me servirá de reflexión para enunciar todo lo que no puedo dejar pasar.

Durante este año he caído muchas veces en la dureza de mis pensamientos, en la soledad de mi interior y he dudado muchísimo sobre mi existencia en este mundo, que bastantes veces se ha tornado a calvario.

He sufrido en el silencio de mi introspectiva, el miedo de decidir. De decidir seguir, de decidir continuar como si nada pasara o como si todo me aconteciera, de llegar hasta el final de las consecuencias si parar, abandonar, huir, si huirme… desconozco cómo he sacado fuerzas de flaqueza de dónde no las tenía, para estar escribiendo estas líneas a 31 de diciembre porque muchas veces mi pecho ha gritado por mi, de dolor, hastío, desesperación, incomprensión y otros tantos sentimientos que soy incapaz de expresar con palabras porque sería imposible que se asemejara a lo que he sentido.

Ha sido un camino de meses en los que he crecido mucho mentalmente porque me he enfrentado a mi misma: a mis filias y fobias, a mis miedos y deseos, a mis líneas rojas pero también a las líneas invisibles, que no se ven pero están ahí. He sufrido a lágrima viva y en el silencio del dolor todo lo que me ha acompañado en la congoja de mi pecho: sufrir el duelo, sufrir la pérdida, saborear la obsesión de lo prohibido y, en definitiva, ser yo con todas mis virtudes y defectos, que son muchos.

Me he dado cuenta que el tiempo cura, aunque no podemos cargarle con todo el peso y no hacer nada por remediar lo que nos sucede, pero que sí que pone cada cosa en el lugar que le corresponde y eso es muy necesario.

Hoy hago un brindis especial por esas personas que me quisieron de verdad, aunque solo fuera por un rato, porque probablemente para mi no haya sido solo un rato, ya que la medida de mi tiempo en sentimientos es tan extensa que a veces dudo de dónde sale; brindo por la amargura de las despedidas, porque sin ellas no habría cordura en el alivio de los reencuentros; brindo por la muerte por ser parte indiscutible de la fragilidad de la vida y porque sé que aunque está ahí agazapada, me hace ser consciente de vivir justo como me gustaría; brindo por la felicidad y sus momentos de tristeza, porque no hay nada mejor que llorar con ganas para después poder reír con la boca bien abierta, el pecho libre y los ojos brillantes; brindo por los recuerdos que atrás quedan, por todos y cada uno de ellos porque en cada resquicio de todos, se halla una parte de mi alma y finalmente brindo por los nuevos momentos venideros, porque en ellos seguiré encontrándome y descubriendo con sorpresa lugares de mi que desconocía pero que me enloquece descubrir.

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