La puerta que no abre

Te da miedo acercarte demasiado a mi
y a mí me da miedo ser demasiado intensa.

Por eso quedas pero nunca apareces
y por eso me reprimo y solo te hablo un tercio de las veces que lo haría,
y te digo un cuarto de las cosas que te diría.

Guardándonos para nosotros,
cada uno para dentro de sí mismo,
como si de esa manera pudiéramos conseguir
no caer el uno en los ojos del otro
con tan solo una mirada de reojo.

Y así vivimos,
con encontronazos constantes,
no entendiéndonos de ninguna manera,
a destiempo todo el tiempo
y no siendo sinceros con el otro,
pero mucho menos con nosotros mismos.

Idealizando cada parte de ti que no conozco
por no tener la posibilidad
de que pueda ser diferente,
por tu imposibilidad perenne de dejar que me acerque a ti,
aunque solo sea para observar cómo existes, sin más.

Pero será eso,
que soy demasiado intensa como para expresarte
todo lo que me gustaría hacer a tu lado
y sobre ti,
y tú eres demasiado cobarde como para asumir
que no soy yo a la única a la que le está pasando esto.

Y aquí seguimos,
hasta que la cuerda se rompa por algún lado
y tu cara vaya detrás,
llevándose por medio los medio sentimientos
que esto no deja continuar.
Y eso que es más que evidente que algo hay,
pero ni siquiera te permites la oportunidad
de disfrutar de ese algo a mi lado,
sepas o no lo que es.

¿Es mejor vivir lleno de vendas para no hacerse daño jamás?

4 comentarios sobre “La puerta que no abre

    1. Muchas gracias por tu comentario, Volfredo. El miedo forma parte de la irracionalidad de la psique, algo que a veces no somos capaces de controlar y que, por el contrario, acaba dominándonos a nosotros.

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