Conexión extrema

Y ahora tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hablarte.

Eres un soplo de aire fresco,
una incógnita a medio resolver,
una historia inacabada
o ni siquiera empezada,
la prueba que la vida da muchas vueltas.

Eres la persona correcta en el espacio tiempo equivocado,
porque para bien o para mal
todavía no hemos coincidido en el tiempo.

Aunque pensaba que no podría gustar a nadie,
había una excepción escondida entre tantas clases de números
y diagramas que aún a día de hoy no logro entender,
un secreto oculto entre miradas y saludos fugaces,
encuentros inconexos y nada correlativos,
comentarios al aire intentando rivalizar
y mostrar cierto poder de superioridad,
alabados por el resto de los presentes,
que tampoco eran conscientes de las pretensiones
de quién los lograba sacar a la luz,
como si eso fuera signo
que era capaz de verbalizar rivalidad y coraje,
pero no sentimientos más nobles con un simple:
«¿te apetece ir a tomar algo?».

Finalizada esa etapa tan nefasta para mi,
ya jamás nos volvimos a cruzar
y eso continuó quedando en el aire
como una sensación de calor perenne que no termina de disiparse
a pesar de los años que hubieran pasado.

Hasta que apareció el verano de nuevo.

Te cruzaste en el camino
como quien cruza un paso de peatones a sabiendas
que hará mirar al conductor del primer coche que se aproxima,
la única diferencia es que te mire y siga de largo
o se baje del coche a tomarse un café contigo en el borde de la acera.

Pues bien,
yo me bajé del coche,
me subí a la acera
y me senté en la cafetería más cercana.

Y aquí estoy,
unos días más tarde
intentando encontrar el depósito dónde se han llevado mi coche
y haciendo memoria de cuándo sucedió todo,
porque hay acontecimientos en la vida
en los que todo pasa tan rápido
que solo te da tiempo a sonreír y asentir con la cabeza.

De repente te llenas de emociones ya olvidadas,
de recuerdos medio reales y medio inventados
en los que sonríes por soñar despierta en la compañía
de la única persona que puede recordar
lo mismo que tú.
Te embarga una sensación de secretismo
y complicidad que no eres capaz de distinguir
si alguna vez la has sentido
y te dices a ti misma que no hay ninguna relación parecida a otra,
ni siquiera aunque sea con la misma persona,
porque evidentemente pasados los años,
ya ni siquiera tú eres la misma persona.

Y cuando lo inevitable sucede,
te das de bruces contra la realidad
y se esclarece hasta tu última capa de escamas
e intentas recular,
notas que hasta la vida más vivida,
tiene vértices y aristas
de los que puedas imaginar
y con un simple dedo índice y un poco de presión
llegas hasta donde jamás habías imaginado:
el interior de un ser desconocido,
intrigante
y absolutamente fascinante casi a partes iguales.

Pero aquí estoy,
intentando poner barreras al campo
y un techo para que no llueva en el bosque,
haciéndome chiquitita como un ovillo
para que no se note mi presencia
y mis pensamientos no logren verbalizarse
al escaparse de mi pecho
como si fuera un caballo desbocado.

Aquí estoy intentado no hablarte hasta las tantas
de lo mucho que me gustaría conocer lo que no conozco de ti,
del ilusionaste futuro que tienes por delante
y de lo cerca que estaremos en él,
de las ganas de volver a cruzar mi mirada con la tuya
para comprobar si es verdad eso de que tus ojos brillaban al mirarme
como decías,
y de tantas cosas que todavía quedan por hablar,
del mundo por descubrir,
aventuras y desventuras pasadas, presentes y futuras.

Menuda vida, JODER.

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