El amargor de un adiós

Pasan las semanas,
los meses,
los años
y sigo recordándote.

Es increíble cómo puedes permanecer perenne en mi mente,
cómo no hay nada ni nadie que sea capaz de sacarte
y que el más mínimo revés o capricho del destino,
vuelven a traerte hasta mi.

Tenías razón cuando decías que no iba a poder olvidarte
y que iba a estar así durante mucho tiempo
pero, por desgracia,
creo que eras el único consciente de ello.

Ya es por todos sabido que hay alguien más,
que ya existe otra persona en tu vida
y que por fin has logrado ponerme fin en tu mente.

He de reconocer que eso me alegra
a la misma vez que me entristece.

Por un lado, ya era hora de salir de tu mente
y sobre todo de tu corazón,
porque no me merecía el lugar que estaba ocupando
(o quizá debiera decir «okupando»).

Y por el otro
me apena la idea de pensar
que ya jamás volveré a entrar
y no volverás a mirarme como lo hacías.

Respeto tus tiempos,
tu distancia
y tu olvido,
pero no me pidas en un mensaje callado
que sea capaz de aceptarlo,
porque jamás seré capaz
de dejar de llevar mi mente hasta ti
cuando el destino me recuerde tu olor,
tu nombre,
tus caricias en mi cuello
o el calor de tu mirada.

Siempre te he deseado lo mejor
y siempre me ha apenado no poder ser yo.

La vida nos ha separado
pero siempre ha encontrado la manera de volver a unirnos,
aun así creo que ya es hora de ponerle fin a esta agonía.

Gracias por dar el paso de marcharte,
de no responder más mis mensajes,
de no querer quedarte,
de no buscarme y no hacerte el encontradizo.

Ahora solo queda que yo
deje algún día de pensarte.

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