Ciento ochenta grados – Parte II

 

llamada de teléfono

¿Si? ¿quién es?… – dice Lucía al descolgar el teléfono.
– ¡Mi amor!
¿Eres tú? Lucía, mi amor, ¿eres tú? ¿eres tú? – brama una voz de hombre completamente desesperada – no me lo puedo creer, no cuelgues por favor… – suplica en apenas un segundo de reloj, con el alma en la boca y la voz repleta de ansiedad.


Pero la respuesta de Lucía es el más absoluto de los silencios que culmina con el teléfono colgando de la mesa que lo sostiene, justo después de darse un fortísimo golpe contra el suelo que lo desmonta por piezas. Ella sigue inmóvil, con la mirada perdida en un punto de la pared de la cocina, cuando de repente empiezan a temblarle las manos y las piernas, comienza a sentir unos fuertes espasmos que le recorren todo el cuerpo. En ese momento alarga la mano y coge una pastilla que la espera en la barra americana que tiene a su lado. Sin cambiar la mirada de rumbo, se mete la pastilla en la boca y se la traga en apenas un segundo. Está asustada, temblando, sudando y las convulsiones no dejan de aumentar, tiene miedo. ¿Cómo puede ser él de nuevo? Se había ido para siempre, no puede ser que la haya encontrado.
“Flores, el campo, el columpio del jardín de la abuela, el sol cubriendo mi piel, respira Lu”, se dijo en un ademán de tranquilizarse a sí misma, como Luis le había indicado en numerosas ocasiones. Casi parecía que era él quién estaba diciéndoselas. Cerró los ojos y notó su corazón, ya estaba más calmado, su cuerpo ya no temblaba y el sudor frío ya había cesado. La pastilla había hecho el efecto esperado y menos mal, mamá estaba en casa con ella y no quería que se enterara.

¿Quién llamó, cariño?- dijo mamá al entrar en la cocina con una sonrisa espléndida en la cara. Pero, para su sorpresa, la cara de Lucía reflejaba un rostro pálido y compungido
Lucía, ¿qué sucede? – inquirió mamá con tono preocupado.
Las flores del jardín están secas, tengo que regarlas, mamá. Voy a regarlas – dijo con la mirada clavada en un punto fijo de la pared y se dispuso a salir de la cocina a toda prisa cuando, en ese momento, mamá corrió tras ella alarmada por sus palabras.
Lucía, cariño, vivimos en un piso. Ya pasó todo – aseguró, casi sin creerse la tranquilidad que transmitían sus palabras.
Acarició el rostro de su pequeña con una mano y con la otra le cubrió el hombro mientras se decía para sí misma: “está sufriendo, sigue sufriendo mucho todavía. Después de tanto tiempo… pero si solo tiene 26 años, Dios mío”.
Lo cierto es que mamá siempre había sido muy creyente ,de la religión cristiana, y se había refugiado más en ella cuando Lucía había enfermado por culpa de Paola y Leo. Paola era la mejor amiga de su hija, la hermana que nunca tuvo, con la que compartía todo, incluso a su ex-novio Leo.

En un acto de madre preocupada, se dirigió hacia el teléfono para registrar la lista de llamadas recibidas.

Una vez entró en su habitación tiró la mochila contra la esquina y se desplomó en la cama con los brazos abiertos y, chocando la cabeza contra su almohada, se dijo: “vete ya, te quiero… lejos de mí. Deja de hacerme daño”. En ese momento, casi sin poder evitarlo, comenzó a llorar. Abatida por los pensamientos que le recorrían su mente notó que alguien le acariciaba el pelo, pero no se asustó. Ella ya sabía quién la visitaba cuando más lo necesitaba, quién nunca la dejaba sola.

Mi renacuajo, no sufras más, yo te protegeré dijo una voz de mujer mayor, completamente relajada y en un tono sabio, como si supiera lo que estaba diciendo.

Abuela, menos mal que estás aquí – articuló Lucía levantando la cabeza de la almohada, con un tono plenamente relajado – Leo ha…

Mi pequeña Lucía, lo sé – la interrumpió la mujer – ¿cuántas veces te he dicho que dejes de tomar esas pastillas? No te hacen ningún bien. Tú solo habla conmigo y escúchame, todo irá mejor, renacuajo.

Ante ella se encontraba una mujer en pie y descalza, ataviada con una bata de franela blanca que debajo escondía un camisón del mismo color, lucía un cabello tan blanco como la nieve y unos ojos tan verdes y penetrantes como los de su padre.
Se sentó en la cama, casi sin fuerzas por el relajante que se había tomado, adoptando una posición lo más erguida que podía para prestar atención.

Pero Leo… – volvió a nombrar ella, casi en un esbozo inaudible.

No te hará daño, lo único que quiere es asustarte y es muy hábil, ya lo sabes, tiene la gran suerte de caer bien. Pero… – se interrumpió la señora.

¡Luuuuu… Ven un segundo, cariño! – exclamó mamá desde el salón.

Jamás permitiré que estés sola, cariño, pero hazle caso a tu madre. Ve al salón, es importantefinalizó, tan sonriente como siempre y, con un beso en la frente, se despidió de ella.

Continuará…

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4 thoughts on “Ciento ochenta grados – Parte II

    1. Hay historias que no se pueden descubrir tan rápido, Alejandro, y la paciencia es la medicina más oportuna para esta. Espero que sigas disfrutando de esta historia. Gracias por tu comentario. Feliz sábado.

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  1. Bien, mas intriga…. la verdad que ahora mismo no tengo ni la mas remota idea de que le ocurrió a Lucia…. felicidades me mantiene en esa espera por descubrir mas….. saludos

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  2. El truco es contar y avanzar en la historia sin perder ese punto de intriga y misterio. Espero que te guste el próximo post, será aún más interesante si cabe.
    Muchas gracias por tu comentario, Kike. Un saludo.

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