Tú, mi hogar

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Es extraña la sensación de nunca sentirse en casa,
de no saber dónde tienes tu vida y,
aunque suene suplerfluo, tus pertenencias.

Muchas veces a lo largo del día o de la semana,
las personas tenemos la necesidad de querer llegar a casa,
de descansar en nuestra cama y hacernos un ovillo
sin que nadie pueda molestarnos, atacarnos
y sentirnos a salvo,
pero incluso en eso siento que me diferencio del resto.

Lo peor de no tener casa es no sentir el calor de hogar en ningún sitio,
hablo de algo físico y de algo sentimental,
la unión de ambos.

Desde hace bastante tiempo no siento eso,
el calor de una familia,
el calor de un consejo,
la comprensión de un hombro familiar o amigo,
una mirada cómplice que lleve años guardando tus secretos
y creo que por eso me abro tan fácilmente con unas personas
y me cierro tanto con otras,
porque en realidad no sé cuándo tengo que hablar
y cuándo tengo que callar.

Es curioso sentirse sin bandera,
sin un escudo que te caracterice ante los demás y,
lo que es más importante todavía,
que te haga sentir quién eres.

Es en estas circunstancias cuando le das más valor a lo emocional
y dejas completamente de lado lo material,
porque comprendes que eso se vuelve vanal, se corrompe,
con el tiempo se pierde y no tiene ningún valor,
sin embargo lo que perdura es el valor de las personas
que te hacen sentirte como si no importase que no tuvieras nada
porque comparten lo que a ellos les hace sentirse familia.
Ahí abres los ojos y piensas para ti mismo: “esto no tiene precio, pero si valor”.

La paradoja de sentir que no tienes casa,
por malo que parezca a priori,
es que puedes elegir el lugar donde refugiarte
sin que eso sea algo negativo,
porque no tienes a nadie detrás observando lo que decides
y no habrá nadie dentro esperándote.
Lo que se debería hacer es jugar a la estrategia
y no elegir un lugar,
en la medida de las posibilidades de cada uno,
si no elegir a una persona que sea capaz de ser tu hogar
durante un tiempo indefinido,
porque eso no caduca, no se pudre, no le sale corrosión
y no se marchita,
y aunque el mantenimiento salga más caro,
merece la pena.

Por eso he elegido que seas mi hogar,
donde ir cuando la vida me pide un descanso,
donde no hace falta tener un ropero grande
en el que quepa mucha ropa,
donde no importa si hoy comemos pizza
porque no hay nada en la nevera,
donde es secundario que haya luz
o nos alumbremos con velas
porque se nos ha olvidado pagar la factura,
ya que lo más importante es estar juntos
y que sea nuestra mirada la que nos mantenga a salvo,
que sea el lugar donde refugiarse hoy y siempre.

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