¿Me concedes este baile?

Tanta gente por ahí esperando una respuesta que nunca llega y, mientras tanto, yo deseando que me quieras.

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No sé si será producto de las ansias o del efecto que me provocas, pero ya estoy sintiendo que algo va naciendo, que se prevé impetuoso y viral. Sé que cuando esto acabe me dolerá, quizá me rompa en unas decenas de pedazos que tenga que recoger cuando te vayas y, quizá y sólo quizá, pueda volver a recomponer mis piezas y volver a salir.

No puedo pensar en otra cosa que volverte a ver justo cuando acabas de dejarme en casa. Te echo de menos desde que me giro para bajarme de tu coche, perdón… de tu casa. Y vuelvo a morirme de ganas por girar sobre mi cuerpo en el sillón y comerme tus labios, tu lengua y no evitar parar por mucho que el mundo se ponga en mi contra.

Lo cierto es que todo esto solo tú podrías pararlo porque comienzo a creerme que ni siquiera yo tengo la potestad suficiente como para pararlo, como para evitarlo, como para obviarlo.

Te miro y me miro a la misma vez.
Estás ahí, delante de mi, haciéndote el loco,
haciéndonos creer a los dos que es mentira que sentimos lo que no nos atrevemos a decirnos,
que es pronto,
que el tiempo dirá lo que nosotros callamos,
que odio que el tiempo pase tan lento cuando no estoy contigo
y también cuando pasa rápido estando a tu lado.

El tiempo.
Ese que ni siquiera logra ser objetivo,
pues todo depende con la perspectiva a través de la que lo miremos.
Ni siquiera él es fiel, estático, ni siquiera sigue un patrón estable.
Al cuerno con el tiempo.
Yo quiero estar contigo ahora,
aquí,
en esta cama que parece el centro de una ciudad en agosto
o una playa en invierno.
Quiero que me abraces en otoño
y me acaricies en verano,
que el calor de tu sonrisa me ilumine en las mañanas
y el calor de tus ojos confusos me hagan compañía en las noches de invierno.

Así estás, ¿verdad?
Como un perro que se pierde en mitad de un paseo,
como una hoja que cae de un árbol y ya siente que no posee un lugar en el mundo,
que nada le pertenece
y no sabe si algún día podrá volver a encontrar su lugar al lado de alguien.

Déjame decirte
que no es necesario que te sientas así,
que puedes evitarte todo ese pesar y sufrimiento,
que en mis hombros puedes dormir cuando te apetezca
y, si quieres, también puedo cuidar de tu corazón en mi pecho cuando a ti te pese;
puedo hacerle un hueco a tus recuerdos en mi cajón con cerrojo
y enseñarte a caminar sin tanto tambaleo.
Dejaré que me pagues con sonrisas,
pero prometo ser exigente.

Tú sólo mira como lo hago
y simula que sigues mis pasos,
pero hazlo mejor que yo
y construye tu propio camino,
que no me molestaré si esos pasos te llevan lejos de mi.

Escuchemos la canción que suena de fondo,
sostén mi cintura con ambas manos
mientras yo rodeo tu cuello con mis brazos.
Mírame y déjate llevar.
Yo tampoco sé hacerlo,
no tengas miedo de ser juzgado,
pero bailemos hasta donde te apetezca.
No importa si a veces cierras los ojos
porque yo no pararé
y, si en algún momento yo los cierro,
sigamos con los ojos cerrados hasta que uno de los dos tome el control.
Si la canción se para,
siempre podemos repetirla o cambiarla
y si alguno desea dejar de bailar
no seré yo.

Baila conmigo esta noche
y el resto de noches también.

Todo el mundo quiere a alguien
y este mundo ya ha encontrado a su víctima.

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2 respuestas a “¿Me concedes este baile?

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