La tercera persona del singular

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Ella dibuja el verano en mi piel. 

Creo que ella ha venido para quedarse y poner patas arriba mi mundo. Lo sé por las imperantes ganas de estar con ella. No logro comprenderlo, es todo demasiado nuevo para mí porque… después de tanto tiempo pensaba que no estaba preparado para algo así: mis ganas de abrazarla, de hacer que no deje de sonreír aunque tenga que hacer el canelo en mitad de la calle, el deseo que innegablemente provoca en todo mi cuerpo, esas ganas de vivir la vida y sacudirnos la vida y los miedos el uno a otro.
Intento evitar lo inevitable, seguir dejando las capas de mi piel intactas para no caer de nuevo en esta espiral que lleva su nombre. Pero, al verla sonreír, siento que algún muro se cae dentro de mi, que en ese momento sería más fácil atravesarme con su boca que con una flecha en llamas.
Lo que cada vez se me hace más complicado es estar separado de ella porque, por mucho que adore mi soledad, mi orden y mis silencios, a veces no me apetece otra cosa que estar a su lado, que venga a molestarme y demostrarme todo lo que no puede evitar expresar… y se quede. Que llene de pelos mi alfombra, que me pellizque y me pegue aunque sepa que lo odio, que me pida besos y más besos sin separarse de mi, que no deje de sonreír por mí y que siga volviéndome tan loco como lo ha hecho hasta ahora.
Puedo elegir estar solo, de hecho hasta ahora no me ha ido tan mal, pero a cada día que pasa siento que esa época ha acabado.
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