Hasta el final

El hombre de mi vida

Hoy te vi y estabas tan cambiado que se me encogió el corazón. Estabas sentado en el mismo sillón de siempre: tu sillón individual color crema cubierto por una sábana y una toalla en el cabecero. Pero había algo que me decía que nada estaba como siempre. 

Tu semblante estaba más serio de lo normal, tu mirada estaba apagada tras esas gafas de vista y tu barba se hacía cada vez más pronunciada. Lo que más me rompió por dentro fue no contemplar tu sonrisa al verme entrar en el salón, signo que denotaba que tu luz se estaba apagando a pasos agigantados, incluso más rápido de que me diera cuenta. Mi respuesta no fue otra que paralizarme por un instante, contemplando tal escena, devastadora por cierto. Culminé mi silencio y comencé con mi habitual ritual para ir a saludarte, pero esta vez no pude evitar alargarlo en exceso. Mi mejilla se puso delante de tu boca casi rogando los tres besos seguidos que siempre me das, pero hoy solo me diste uno, creo que por eso después te abracé con tanta fuerza. Mis brazos rodearon tus hombros incapaces de resistirse a notar el calor que siempre desprendes, pero esta vez tampoco me pudiste corresponder a tal gesto. Tus manos entrelazadas entre sí y tu rostro cargado de dolor me devolvió un recuerdo, o quizá una anécdota de la que no pude acordarme por mí misma.

Cómo se parece a ti, eh – dijo una voz plena de alegría, aunque no recuerdo si provenía de un hombre o de una mujer, yo era demasiado pequeña… acababa de nacer.

Bastó esa mínima frase para que te dieras cuenta de que tu vida había comenzado a cambiar, ahora tenías a alguien a quien cuidar, de quien sí podrías disfrutar el resto de tu vida. Qué suerte tuve de ser yo: tu niña. La que almorzaba con todos y después se arrimaba al borde de la mesa, cerca de tus piernas, para verte comer y que me ofrecieras un poco de tu plato, la que era “tu secretaria” cuando me pedías que te fuera a buscar algo y la que te decía “no bebas más, abue. Quizá por eso comencé a llamarte “papá”, porque habías comenzado a serlo casi sin darme cuenta.

Hoy me niego a decirte adiós, me niego a hacerme a la idea y me fecharé a tu cuerpo si es necesario, pero no podrán apartarte de mi lado, de nuestro lado, porque aún te necesitamos. Tus chistes, tus carcajadas después de hacer alguna que otra trastada, tus constantes bromas, tu aguante al dolor, tu constante lucha por la vida, tu absoluto amor por la mujer de la que un día te enamoraste y tu total devoción por tus hijos y tus nietos.

Lucharé por tu felicidad mientras perdures a nuestro lado y te querré hasta el final de mis días.

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