Deseo algún día escuchar estas palabras de tu boca
como si fuera un mantra que se repite hasta el final del tiempo,
hasta que el oxígeno se acabe y los días dejen de tener sol.
«Todo llega para el que sabe esperar».
Este mensaje se repite en mi cabeza
como si pudiera rescatarlo de algún lugar
que todavía hoy desconozco,
que ni siquiera sé si me pertenece
o me lo estoy repitiendo
apropiándome algo que quizá no sea mío.
Siempre sucede cuando te hablo,
cuando te imploro que vuelvas a mi
a regalarme la luz que emanaba de tu sonrisa
y la música que era para mis oídos
escucharte hablar.
En ese momento siempre resuena en mi mente
la misma frase…
«Todo llega para el que sabe esperar».
Casi seis meses sin ti
y todavía sigo teniendo la sensación
que me llamarás de un momento a otro,
que sonará el teléfono y hablaremos como siempre,
de todo y de nada,
de la vida y de nosotros,
de todo lo que nos ha unido
sin mencionar nunca
todo lo que siempre nos separa.
Esa leve inconsistencia del ser
que se eterniza
pero en la que nos resistimos en reparar.
Amarte se ha convertido en mi día a día
aunque ya no pueda verte ni escucharte,
porque ni siquiera eso me impide hablar contigo
con la leve intención inherente que me escuches.
Despedirse sin poder despedirse
es como besar sin amar,
al igual que marchar sin decir adiós
es como llorar desde el pecho
pero no siempre desde los ojos.
La dureza de decir adiós desde ambos lados,
desde ambas caras de una misma moneda,
es algo que solo puede curar el amor
y convertirse así en la respuesta a todo.
Nos separa la vida y nos unirá la muerte,
es de las pocas cosas que tengo claras.
Eso y que cada día 8 es un tormento infinito
porque me acerca inexorablemente a ti
pero desconozco el momento en el que se producirá,
es como una cuenta atrás que avanza
con la inerte velocidad de un reloj de arena:
calmado,
pausado,
con cadencia y ritmo,
pero sin ningún atisbo de premura.
La terca fragilidad del ser,
aunque nos creamos más cerca de deidades que de humanidad.
La vida me regaló la oportunidad de conocer la bondad
que habitaba en ti
como una de las pocas personas
que podía alcanzar a verla,
pero después me demostró
que ni siquiera los milagros
duran eternamente,
que la vida hay que aprovecharla
y disfrutarla cuando se te escapa entre las manos
como el agua cuando intentas sostenerla.
La realidad es que sigo diciéndote que te quiero
cada vez que me voy a dormir,
que cada vez que miro al cielo
me imagino que estás en todas las nubes
y tu luz solo puedo verla con la luminosidad del sol,
que me encanta volar porque hay silencio
y me siento más cerca de ti,
que me enfada no siempre poder sentirte
pero que cuando me duermo y siento que me acarician el pelo,
fantaseo con la idea que sea tu mano la que lo hace
y tu luz la que me cuida,
que no puedo dejarte marchar
aunque sepa que es lo natural.
La profunda soledad del duelo,
la ardua tarea de despedirse
sin tener la más leve intención de querer hacerlo.
Eso me lleva a pensar
que todos tenemos un duelo
que aún no hemos superado
y que nos costará décadas de altibajos,
penas y lágrimas,
melancolía y sonrisas al recordar,
calma y desesperanza
como si la vida nos fuera ajena.
Pero, hay que recordar que:
«todo llega para el que sabe esperar».