Una realidad disfrazada

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Todo el mundo se merece que alguien le mire
como si fuese lo mejor que le ha pasado en la vida.

De hecho creo que era así cómo te miraba yo,
como si el mundo hubiese empezado en mi a través de tus ojos
y pudiese acabar de la misma manera
casi sin haberme dado cuenta.

Lo que siento por ti
va más allá de…

– Eh, enano — dijo sobresaltada al dejar de escribir — ¡largo de aquí!

Lo que no sabía era que su hermano pequeño, Diego, la observaba mientras escribía siempre que podía. Entre tanto juego en casa, claro. Le parecía poder comprender sus emociones mucho mejor a través de la cara que ponía su hermana Laura al escribir. A veces se quedaba mirándola más de diez minutos, embobado por su belleza, que creía que le recordaba a alguien.

– Siempre espiándome este niño… — rezongó mientras escuchaba correr a su hermano por el pasillo.

En ese momento, tocaron la puerta de la habitación.

– ¿Se puede? — preguntó una voz melosa
– Eh… sí. Sí, claro, pasa — dijo titubeante mientras escondía su libreta
– Disculpa, Laura. No pretendía interrumpir. ¿Estás ocupada?
– No, para nada. Dime.
– Bien — respondió al sentarse en una silla al lado de ella — quería comentarte algo importante. Mañana va a venir mucha gente por el tema de la fiesta. Podría ser una oportunidad y me gustaría que…
– Que me comportase — añadió continuando la frase
– Sí, bueno… Ya sabes cómo son estas cosas — concluyó con un suspiro.
– Entendido, Bruno. Puedes quedarte tranquilo
– Muchas gracias, Laura — dijo sonriente — Diego y tú estarán juntos. Será como siempre pero quería hablarlo contigo antes. Es importante — enunció seguido de una palmada en la rodilla de Laura para disponerse a salir de la habitación.
– Bruno… — dijo Laura — necesito que me lo prometas. Ya sabes que no sería nada de mi sin ese saco de piojos

Bruno no pudo evitar sonreír hasta que finalmente enunció

– Te lo prometo, Laura. Confía en mí — y se marchó.

Para la pequeña Laura no era fácil confiar en las personas. Con solo 14 años ya había llenado el cupo de desgracias en su vida pero, por suerte, aún le quedaba su, tan querido como odiado, saco de piojos (su hermano Diego).

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