El peligro de este siglo

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Resulta que me he convertido en alguien racional, por lo que no sé si debo tener miedo o afrontarlo y reconocerme el mérito que ello conlleva.

A  mi parecer, al mundo que me rodea le falta un hervor y medio y, por algún motivo que aún desconozco, yo estoy más que cocinada ya. Llámalo entrenamiento vital o sabiduría por transferencia, pero lo cierto es que concibo la vida de una manera diferente a lo que la gente de mi entorno está acostumbrada.

Me refiero a decisiones, acciones, pensamientos e, incluso, emociones (aunque sea el terreno en el que más retraso presento en la actualidad). No quiero decir que con ello mire a los demás por encima de mi hombro, ni siquiera me aventuro a darles consejos que no me han pedido, tan solo me limito a cumplir con lo que está establecido en las cuatro paredes que conforman mi cerebro o mi lado racional. Es cierto que muchas veces también me equivoco pero no me arrepiento por ello, ya que aprendo mucho más de los errores que de los aciertos. Otras veces, no siempre pero otras veces, actúo por impulso y me dejo llevar únicamente por lo que la piel y los ojos me piden, sin tener muy en cuenta lo que está bien de lo que está mal. Esas acciones generan la adrenalina necesaria para afrontar con la suficiente calma y templanza los momentos en los que debo tomar decisiones con criterio, valorando los pros y contras, sabiendo discernir con exactitud.

En mi corto período de vida me he podido dar cuenta de que no encajo aquí. Es cierto que ya lo he mencionado con anterioridad, pero no puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Ni siquiera las personas que me superan en edad consiguen llegar a todos los puntos a los que yo quiero llegar, algunos porque no consiguen verlos y otro porque ni siquiera se lo plantean en un futuro próximo. Esto me genera una gran incertidumbre y sensación de desasosiego… quizá un ligero desarraigo también.

Es algo complicado sobrellevar la pesada carga que me empeño en soportar, es complejo darme cuenta que nadie va a lograr comprender lo que me pasa sin antes criticarme por mi falta de juventud, desinhibición o estupidez. Eso es a lo que estamos acostumbrados, a doparnos en la vida para continuar sin pena ni gloria, (pero con más de la primera que de la segunda), a seguir mansos la senda que otro más avispado ha diseñado para nosotros y, sin lugar a dudas, así nos va.

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