No todas somos las princesas de papá

A pesar que un padre es alguien a quien debes admirar y en quién debes confiar, no siempre es así.

En mi caso en concreto, comprendí demasiado tarde que yo no era la princesa de papá y que ninguna de las mujeres de mi casa lo éramos ya. Quizá algún día pudimos llegar a serlo, pero ya no éramos sus princesas, sus mujeres, ni siquiera su pilar fundamental. También comprendí que un hombre, por mucho que lo amase, me podía hacer todo el daño que estuviese en su cabeza y en sus manos sin siquiera notarlo, sentirlo, cuestionarlo…

Él empezó a fumar, lo cual denotó que algo estaba cambiando en su círculo más próximo. No sabemos cómo pasó, ni siquiera sabemos muy bien el porqué tenía que haber ese vacío en su vida si ya estábamos nosotras para llenarlo. El caso fue que él ya había encontrado a sus princesas fuera del castillo. Supongo que no estaba familiarizado con la idea de criar a mujeres que el día de mañana serían reinas, sino que prefería acostarse con falsas princesas que le hacían sentir como el rey que jamás ha sido.

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Estoy en lo cierto, papá, yo sí soy princesa pero tú nunca has sido más que un simple plebeyo con pieles de rey.

Quizá por eso siempre me he sentido tan protectora con las mujeres, con mis mujeres, y débil con todo lo masculino que se encuentra a mi alrededor, a pesar de no haber sentido jamás lo que merecía: esa fortaleza, apoyo, seguridad y esa serie de cosas que una niña siempre necesita para sentirse realizada y feliz en la etapa de su infancia. Curiosamente, la primera canción que aprendí junto a mi princesa, mi reina, mi madre, no fue otra que “Se fue”, de Laura Pausini.

Es cierto, él se fue, el ya se ha ido y jamás volverá aunque habite en la habitación contigua pero he tenido suerte por poder compartir mi castillo con una persona que no se le parece, que ni siquiera se le asemeja en lo más mínimo y tengo suerte de no verle como a un erróneo padre, ese que jamás he tenido.

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Antes me preguntaba el porqué hasta que llegó el momento en el que solo agradecí aprender tan rápido, aprender de verdad cómo funciona la vida y que no tiene porqué sonreírnos siempre a todos ni de la misma manera. Es cierto que mi castillo se fue desmoronando a medida que yo iba abriendo los ojos, pero jamás he dejado de pensar que soy una princesa, una princesa guerrera que merece algo mejor y la que, por un mundo mejor, luchará cada día, porque no dejaré de luchar cada día.

Gracias a ti también he comprendido que no debo esperar nada de nadie, que el amor verdadero vale más que cualquier palabra y que, lo único que importa en esta vida, es demostrar todo lo que sientes en el momento en el que realmente necesitas soltarlo. Solo de esta manera he sabido valorar a mis princesas, a esas mujeres que, a día de hoy, me dan la vida con solo mirarme. Porque, aunque no lo creas, no hay nada más grande que el amor.

Al fin y al cabo me has acabado haciendo un enorme favor, así que gracias por desaparecer a tiempo.

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