El beso

Buenas a todos, navegantes de este sueño.

En este huequito semanal que compartimos quiero aprovechar para contarles algo muy especial. ¿Comenzamos? Allá va.


Amor en verano

 

Corría un día, hace ya bastantes veranos atrás. El Sol estaba justo encima de mi cabeza y se reflejaba en el agua de la piscina tanto como en mi piel. El bullicio inundaba el complejo de apartamentos: niños corriendo, jugando con pelotas, chapoteando agua, la música del chiringuito, los adultos hablando y, en algunas ocasiones, gritando a sus hijos por permanecer durante demasiado tiempo en el agua a la voz de “¡¡sal ya, muchacho!!”. Pero a mi, lo que realmente me preocupaba era el calor asfixiante. Justo en ese momento decidí unirme a las chicas que estaban en el interior de la piscina.

Cuando entré, mi cuerpo se relajó como si hubiera encontrado el elixir perfecto, la cura a mi principal mal: el agobio producido por ese Sol que hoy quemaba más que ningún día.

Hablando y riéndonos pasamos unos cuantos minutos hasta que sus miradas se volvieron alarmadas, sombrías, secas. Las dos miraban a mi espalda y, ante semejante situación, decidí girarme para comprobar qué sucedía. Cuál fue mi sorpresa al encontrarle, de pie y fulminándome con la mirada, centrando todos sus sentidos en esa mirada que me hizo estremecer (no sé si de miedo o de excitación).

En ese momento cesaron los gritos, los chapoteos y hasta la música del chiringuito, pero de fondo intuía escuchar algo como “dile que se vaya, no puede estar aquí”. Por ello me dispuse a salir de la piscina, pero antes debía aprovechar que me miraba. Supongo que salió la diosa que toda mujer lleva dentro y, sin pensarlo, me sumergí en el agua con total tranquilidad y control sobre mi cuerpo y salí de ella al más puro estilo chica Bond.

Una vez fuera le sonreí, me calcé y le dije: “hola. Acompáñame”. Mi mente se llenó de mil pensamientos y mi cuerpo parecía estar ajeno a esa situación, hasta que pude articular palabra “¿qué… qué haces aquí? ¿cómo viniste? ¿cómo entraste?”  Él sonreía y me decía “lo importante es que estoy aquí. No podía esperar para verte, lo siento.¿Sabes hace cuánto no nos vemos?”. Caminábamos y nos alejábamos del resto de la gente, mientras yo goteaba por todo el camino.

En realidad no sabía cuánto tiempo hacía que no nos veíamos y, mientras intentaba recordarlo, él aprovechó que salimos del campo visual del resto de veraneantes para cogerme por la cadera, apoyarme en la pared y, con sus manos en mi cintura, se acercó suavemente para reflejar todo su anhelo en un beso. Mi boca abrió paso al calor de la suya, a su amor expresado en sutiles movimientos… pero yo ya no podía sostenerme, mis piernas comenzaron a temblar. Al darse cuenta me preguntó “¿estás bien?”. Su aspecto parecía serio y preocupado, pero una sonrisa mía le ayudó a sonreír y a aliviar su preocupación.

Una vez nos encontramos al lado de la puerta me dijo: “valió la pena venir hasta aquí para verte. Espero verte pronto. Avísame cuando quieras verme y me tendrás antes de lo que esperas”, me cogió las manos, se las llevó a la boca para besarlas y se fue.

Exhausta, extasiada… y enamorada.

Sería injusto decir que fue un amor de verano. Y pensar que nos conocimos por error… pero eso ya lo contaré otro día.

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7 comentarios en “El beso

  1. Lidia dijo:

    Nos dejas con la intrigaaaa! Espero que pronto sepamos más sobre de ese chico! Me encanta tu forma de escribir. Te quiero guapa, un beso enorme.

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    • maricriole dijo:

      Buenos días Lidia. Me alegro que te haya gustado y que haya conseguido suscitar esa intriga, era el objetivo. De todas maneras depende de ustedes y de cuántos me pidan que continúe con la historia.
      ¡Muchísimas gracias! Un beso enorme, guapa.

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  2. isabela dijo:

    Por un momento me sentí en esa piscina, me has teletransportado a ese verano… que recuerdos!! Sobrina, una semana más me has sorprendido.

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