Un salto de fe

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¿A quién no le gusta sentir esa adrenalina?

Cuando me abrazas por la noche y mi cuerpo sonríe.
Ya no solo lo consigues con mi boca, sino también con el resto de mi cuerpo:
mis músculos se contraen para atraerte a él,
mi estómago se relaja,
mis piernas te buscan para acariciar a las tuyas
y todas ellas se mueven al unísono para reflejar esa sensación de paz
en una única sonrisa que consigue hacerme feliz sin despertarme.

Con solo un beso de tu boca
inesperado
a las cuatro de la mañana de cualquier noche,
consigues hacerme tan feliz.

Todo es diferente cuando te vas,
pues he descubierto que soy capaz de gritar en pesadillas
cuando no estás a mi lado en la cama.

Tus manos,
unas manos cualquiera,
pero que me acarician a mi.

Tu voz melosa y tenue
cuando me desnudas
alegando que cualquier prenda me queda mal
y estoy mejor vestida de mujer.

El olor a café por las mañanas,
tu voz de tenor operado de amígdalas,
mi don para no ubicarme ni con GPS,
mi insistencia por siempre pretender sorprenderte.

Tu manera de atreverte,
de dejarte caer al vacío,
de dar un salto de fe
y, que lo primero que hagas al llegar, sea besarme.

Tu don de dormirte con la postura más inverosímil
y tu manera de hacer burla de cualquier cosa que nos rodea
y echarme la culpa a mi por reírme… canalla.

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